La fiesta de Halloween que se nos acerca es el resultado de una larga acumulación de materiales. Por un lado, está la fiesta céltica de Samhain, el dios de la muerte. A esta celebración se unió la celebración romana de las Feralia, una fiesta en honor de los muertos. El Papa Bonifacio IV intentó cristianizar la celebración poniendo la víspera de la fiesta de Todos los Santos justamente el mismo día que se celebraba la fiesta de Samhain-ferialia. En el siglo XI se añade la fiesta de todos los difuntos el día siguiente.
Todo ese pack, pasado por la cultura irlandesa, rebozado en América, con una pizca de comercialización Hollywoodense es lo que nos ha venido a Europa con una fuerza enorme. Lanzar grititos inquisitoriales no creo que sirva de mucho. Decir que la fiesta tiene orígenes paganos y que en esencia es anticristiana no es tampoco demasiado justo. La fiesta del 25 de diciembre también tiene orígenes paganos. O la Pascua. La Iglesia, a lo largo de la historia, ha podido "vencer" este tipo de celebraciones después de descubrir qué tipo de verdad se esconde tras los cultos paganos y de qué modo la respuesta cristiana ilumina la oscuridad del hombre. Halloween no es una excepción, y plantea estupendas posibilidades pastorales.
Durante la fiesta de Halloween la gente (cada vez más) sale a la calle disfrazada de "lo monstruoso". Es una noche en que lo sobrenatural se hace presente por todas partes. La vida tras la muerte. La posibilidad del infierno. Lo horrible. Es una noche en que se desmorona ritualmente esa visión del mundo tecnológico, empírico, material, aséptico, eutanásico. De pronto, por todas partes, se proyecta lo que no se puede medir ni tocar. Ese mundo espiritual que desafía todos los intentos de reducir al hombre a un animal que nace, crece, se reproduce y muere. Brujas, demonios, fantasmas, mutilados, vampiros… El imaginario humano para representar lo oscuro es muy rico. Y todo ese abanico de "lo oscuro" está ahí y estará siempre. No se debe a la influencia cultural de la Iglesia. Se debe a que el hombre tiene una dimensión espiritual, por mucho que se le quiera negar. Se debe a que tenemos miedos que no se pueden anestesiar. Se debe a que se nos muere gente, y a que nos morimos. Se debe, en fin, a que el mundo es como es, y no como la Ilustración pretende que sea.
No pretendo que sea educativo disfrazarse de demonio o de zombie. Hay otro tipo de disfraces que expresan "lo horrible"o lo "indisponible" sin necesidad de juguetear con fuego. Para los cristianos el demonio no es un personaje de ficción, precisamente.
Lo que es educativo es descubrir cómo es el imaginario pagano o no cristiano. El más allá se presenta de un modo tenebroso, terrorífico. Halloween es un buen momento para pensar cómo sería nuestra idea de la muerte, del dolor, de la pérdida, si Dios no hubiera venido a por nosotros. Halloween es un día infernal, pero Cristo mismo ha bajado a los infiernos. Por eso, Halloween es asumible si se pone al lado el día de Todos los santos. Los cristianos celebramos la posibilidad de evitar ese infierno, ese miedo, ese vacío, ese horror, y caminar en la luz. Los cristianos sabemos que la victoria la ha obtenido Cristo con su sangre, y que esa sangre preciosa nos hace hijos de la luz, cuando la bebemos en el caliz maravilloso de las Bienaventuranzas (que es el evangelio del día de todos los santos). Nuestra vida sería un Halloween perpetuo, lleno de gatos negros y arañas, lleno de monstruos acechantes, si Cristo no nos hubiera salvado. Estaríamos llenos de miedo ante una visita al médico, o ante una noticia inesperada, o ante el horizonte de la vejez y de la tumba. Pero no somos hijos de Halloween. La víspera de la fiesta de todos los santos es la antesala de la contemplación del Cielo. EL mundo sería el quirófano de un abortorio infinito, sin esperanza alguna, si no fuera por que una chiquilla de Galilea quiso hacer un día la voluntad de Dios, y ese Dios vino revestido de luz.
Halloween nos ayuda a abrir los ojos ante la realidad de un mundo sin Dios. Y los cristianos podemos entrar en ese mundo tenebroso sin miedo, porque "aunque camine por cañadas oscuras, nada temeré. Tu vara y tu cayado me acompañan".
Y, tras la contemplación de lo oscuro, y de lo luminoso, llega el día de los difuntos, una jornada que sirve de transición a la normalidad, en cuanto que de modo más directo nos afecta a nosotros, los que tenemos seres queridos caminando hacia el Cielo, más allá de nuestro alcance. Y los que un día caminaremos.
Parece, pues, que podemos aprovecharnos de Halloween para configurar un triduo catequético sobre la escatología y sus implicaciones existenciales.
Halloween: Infierno. El eterno y el actual. Un infierno que no tiene poder ya sobre el hombre en Cristo.
Todos los Santos: Cielo.
Todos los difuntos: Purgatorio.
Es un tríptico, un tríduo dramático que da mucho de sí, a nivel pastoral.
No quiero con esto decir que conviene fomentar la fiesta de Halloween. Ni que se deba eliminar la víspera de la fiesta de Todos los Santos.
Digo que la Luz aparece más luminosa aún cuando tiene al lado la oscuridad.
Digo que el combate contra Halloween desde una postura de rechazo total, como una costumbre importada, americana, anticristiana o lo que sea, es insuficiente. Halloween es tan pagano como cristiano, y en su propio nombre lleva esa mezcla. También hay que reconocer que su celebración responde a una serie de preguntas, de miedos que todos tenemos. Y se convierte, por tanto, en una buena ocasión para plantearlas explícitamente y tratar de responderlas desde la fe.
La fiesta que muchos cristianos critican es, en buena medida, el resultado de una fallida cristianización. Ahora tenemos de nuevo la oportunidad de enmendar el error.
Más que dedicarse a denunciar desde el púlpito prácticas neopaganas, acusar de ocultismo a los niños que lleven una calabaza, o cosas así, lo mejor sería predicar desde la simpatía hacía el hombre y ayudarle, con alegría, a caminar a través de su desorientación.
Actualizado: Interesante artículo sobre el tema.