Los rabinos dicen que cada uno de nosotros tiene tres nombres:
-El nombre familiar, el que recibimos por pertenecer a una familia. Nosotros lo llamamos apellido. Es el nombre que nos recuerda que la vida es recibida, es don. Nadie se puede dar a sí mismo un apellido. Tampoco hay nadie sin apellido: nacemos en una rama concreta de la gran familia humana. Y es a partir de esa rama concreta donde se nos invita a crecer.
-El nombre impuesto, particular, personal. Es el nombre que nos hace únicos, que nos identifica, que nos distingue. Es el nombre que nos recuerda la llamada única que cada uno de nosotros recibe, y que nadie más puede desarrollar. Nuestro nombre personal es nuestra primera vocación: el desarrollo pleno de todas las posibilidades concretas con que Dios nos ha puesto en el mundo.
-El nombre adquirido. Es el nombre que uno, con sus acciones o inacciones, con sus aciertos y errores, se va a ir consiguiendo a lo largo de la vida. Es el nombre de la historia personal, no siempre elegida tal cual es en su totalidad. Es el nombre, de algún modo, que Dios va escribiendo con nosotros en tanto en cuanto que la historia es el lenguaje de amor de Dios.
Yo añadiría a esto ese nombre que nos darán un día escrito en una piedrecita blanca, el nombre que será la comprensión de la propia historia, de la propia identidad, de la propia familia, el nombre con el que Dios nos revelará los secretos del amor que nos tuvo cuando pensó en crear el Universo para nosotros. El nombre, en fin, de los remididos.
Hay aún otro nombre: el que nos van dando los demás, a veces sin conocernos, otras veces, conociéndonos mejor que nosotros mismos. Pero de eso, a lo mejor, hablamos otro día.