Jueves, 15 de Junio de 2006
Leo sin sorpresa que hay quien propone "un gran pacto de convivencia para que el Estado no intervenga en la actividad religiosa y las distintas iglesias y organizaciones religiosas no interfieran en la esfera pública".
No lo acabo de entender. Como no es necesario un pacto para que el Estado no intervenga en las cuestiones religiosas, porque eso ya está muy clarito en la Constitución, me da la impresión de que lo que se pretende es apartar a la Iglesia de la vida pública, enterrarla en las sacristías.
Me vienen a la mente las clarísimas palabras del Papa el 30/3/2006: «Cuando las Iglesias o las comunidades eclesiales intervienen en el debate público, expresando reservas o recordando principios, no están manifestando formas de intolerancia o interferencia, pues estas intervenciones buscan únicamente iluminar las conciencias, para que las personas puedan actuar libremente y con responsabilidad, según las auténticas exigencias de la justicia, aunque esto pueda entrar en conflicto con situaciones de poder y de interés personal».
La Iglesia debe de estar haciendo una buena labor profética cuando se tiene tanto miedo a permitirle un espacio público. De hecho, la claridad y contundencia del discurso papal son una advertencia muy sugerente a ciertos grupos. Benedicto XVI enuncia así tres principios no negociables:
–«protección de la vida en todas sus fases, desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural»;
–«reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como una unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa ante los intentos de hacer que sea jurídicamente equivalente a formas radicalmente diferentes de unión que en realidad la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel social insustituible»;
–«la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos».
Para tranquilidad de muchos, el Papa aclaró que «estos principios no son verdades de fe», ya que «aunque queden iluminados y confirmados por fe están inscritos en la naturaleza humana, y por lo tanto son comunes a toda la humanidad». O sea: cuando se defienden estos principio no se está queriendo imponer una determinada visión religiosa a la sociedad, sino que se están apoyando verdades que cualquier persona puede y debe defender: «La acción de la Iglesia en su promoción no es por lo tanto de carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, independientemente de su afiliación religiosa».
Más aún: es triste que, tantas veces, la Iglesia se quede sóla defendiendo estos planteamientos, que deberían ser apoyados por todos los grupos y colectivos que trabajan por la defensa y promoción de la dignidad humana. Por desgracia, la labor eclesial «es aún más necesaria en la medida en que estos principios son negados o malentendidos, pues de este modo se comete una ofensa a la verdad de la persona humana, una grave herida provocada a la justicia misma».
Y, además, se pretende amordazar a la Iglesia con la excusa de defender un pacto por la convivencia. En el fondo, late siempre la sospecha sobre la religión, sobre todo la religión católica, y la búsqueda de un espacio social laico como panacea para la convivencia.
Si no fueran actitudes tan peligrosas, la verdad es que aburrirían.
