Dice una tradición hebrea que, cuando el ángel de Dios vió que Abraham estaba decidido a sacrificar a su hijo Isaac, se emocionó tanto que le cayó una lágrima, y que esta lágrima disolvió el cuchillo con el que Abraham iba a acabar con la vida de su primogénito.
        Sería fantástico que las lágrimas de los ángeles disolvieran los arsenales, los submarinos, los cazas…
       
        Pero parece que los ángeles se han quedado ya sin lágrimas.