Hace poco he podido ver la película “La Settima Stanza”, que aborda la gigantesca figura de Edith Stein, alias Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Se trata de una mujer judía de nacimiento, intelectual de las grandes cuando pocas mujeres podían serlo, convertida al catolicismo y monja carmelita. Víctima del exterminio nazi.
El cartel de la película es éste:
El slogan o como queráis llamarlo de este film es “el amor vence al miedo”. Leer esta frase junto a la silueta desnuda de Edith Stein, perfilada a contraluz de lo que podría ser la entrada a duchas de los campos de exterminio, o bien la entrada luminosa al Cielo, me ha resultado impresionante.
Quizá sea un tema un poco reiterativo (tendría que revisar las demás entradas del Blog), pero cada vez me resulta más importante la idea de que el miedo es uno de los mayores poderes fácticos de nuestra vida. Si uno se detiene a pensarlo bien, no sería difícil determinar muchas preocupaciones, actuaciones, pasividades, debidas, fundamentalmente, al miedo. Hay tantos miedos, y a tantas cosas… Los peores, quizá, son los miedos inconfesables, los agazapados, los desconocidos… La existencia del hombre, su deseo de felicidad, está tan amenazado por el miedo, en definitiva, el miedo a no ser feliz, que me resulta extremadamente liberador el mensaje del evangelio: “Donde hay amor, no hay temor”. Es un tema que podemos expresar, también, como en esa película: el amor vence al miedo. Descubrir que Dios nos ama, saber que él se preocupa por nosotros, que está de nuestra parte, que está empeñado en hacernos felices, puede arrancarnos de las garras del miedo al futuro, a la pobreza, a la enfermedad, a la falta de independencia o de autonomía, al fracaso, a la soledad, a la humillación, a las traiciones, a la incomprensión, a la vejez y, en definitiva, a la muerte.
Por otro lado, el amor recibido de Dios nos impulsa a amar al hermano, al primero que pasa, al que tiene un problema. El amor al prójimo vence al miedo a servirle, a obedecerle, a renunciar a la última palabra, a ponerle por encima de nosotros, a descubrirle como “otro Cristo”.
¿Puede haber un terror más grande que el de la muerte?¿Puede haber una situación más escandalosamente maligna que el exterminio racional, científico y sistemático, de millones de hombres, mujeres y niños? Edith Stein pudo entrar con entereza en la parte de maldad que le correspondió vivir. Lo hizo llena de amor, y, si tuvo miedo, se lo dijo a Jesucristo. ¡Cuánta paz, si pudiéramos nosotros entrar en la maldad que nos toca, con la mirada puesta en Cristo, cuyo amor venció el miedo!
Aquí dejo una fotito de un tríptico precioso que hay en la capilla de Edith Stein del Seminario de Bensberg, Alemania.
(Los estupendos retoques de la imagen son de Enrique. Las fotos, que tomé con un Nokia, eran catastróficas)

















