Ayer cené con unos amigos a los que hacía tiempo que no veía. Entre plato y plato uno de ellos no paraba de decirme que estaba sorprendido de oírme decir ciertas cosas y de leer alguna de las entradas de este blog. Insistía en asegurarme que no pensaba que yo fuese así, y que pensaba que yo era de otra forma (perdón por la reiteración).
Es verdad que las personas cambian con el tiempo, las experiencias y, sobre todo, con la gracia de Dios. Pero yo, además, estuve pensando en lo diferente que puede llegar a ser la imagen que uno tiene de sí mismo de la imagen que tienen los demás. ¿Cómo somos en realidad? ¿Cuál es la verdad de nuestra vida, lo que nosotros vivimos o creemos vivir o lo que los demás creen ver en nosotros?
La suerte de ser católico es que nosotros tenemos este espejo maravilloso que es Jesucristo. Para saber quién es uno, cómo es, lo mejor es mirarse en la Cruz. Cristo es perfecto Dios y PERFECTO HOMBRE. La comparación con Jesucristo es la medida de nuestra humanidad. Él es el molde. Dios nos hizo mirándole a él. Comparándonos con él podemos saber si somos mejores o peores, si somos valientes o cobardes, si somos humildes o prepotentes. El amor de Cristo en la cruz nos ayuda a comprender la medida de nuestro amor, el estadio de nuestra conversión, las fases que hemos recorrido o nos faltan por recorrer.
Hay gente que se cree buena y dice: "yo no robo, no mato, no hago mal a nadie". Es gente, pues, que se compara con un ladrón o con un asesino. De esta comparación sale justificada y contenta.
Sería mejor compararse con Jesucristo. Seguramente la nota final sería más baja, pero, también más realista. Lo bueno de comparar el propio amor con el de Jesucristo es que la luz del rostro de Cristo no es como esa de los laboratorios, fluorescente, que deslumbra. La luz de Cristo es como la de una velita, porque sabe que no estamos muy acostumbrados a la luz y que nos duelen los ojos si ésta es demasiado potente. Es una luz pequeñita, dorada, suave y acogedora, que va enseñándonos poco a poco nuestras miserias. De cuando en cuando hay un fogonazo, pero, casi siempre vuelve la llamita hogareña. Dios no quiere desanimarnos, sino estimularnos.
Cuando uno deja que esa luz se encienda, también cambia la forma de ver al otro: ya no es un enemigo o un rival, sino que se le ve como un hermano, herido por el pecado, pero que aún conserva la belleza de la que Cristo está enamorado.
Verse a sí mismo y ver al otro con los ojos de Cristo. Creo que ése es el secreto de la reconciliación personal y social. Yo y el otro somos dos por los que Cristo da la vida.
(No pensaba hacer una minihomilia, pero a uno le sale, de cuando en cuando, el cura que lleva dentro
)