Voy por la plaza del Ayuntamiento y se me acerca una chavala para darme publicidad de algo. Miro los papeles y, cuando veo que son de Unicef, ni me detengo. (Suelo recoger siempre la publicidad que me dan por la calle para facilitar el trabajo de quienes la reparten). La chavala insiste en preguntarme si quiero colaborar con Unicef. Le digo que estoy en contra de esa organización. Cuando me pregunta por qué, le digo que fomenta el aborto.
La chica se ha quedado atrás. La oigo decir que es mejor eso que…No acaba la frase, o no la oigo. Sin volverme, extiendo la mano con el puño cerrado y el dedo corazón señalando al cielo, en un gesto muy impropio de una persona como yo.
No lo he podido evitar. Que me digan que hay cosas peores que el aborto… No sé qué tipo de defensa se puede hacer de la infancia si no se defiende al niño más débil: el que aún no ha nacido.
Hace ya tiempo que la Iglesia ha retirado todo su apoyo a Unicef porque fomenta el aborto. Ahora también se lo ha retirado a Amnistía Internacional (fundada por un católico), por las mismas causas.
Lo que lamento de todo esto es no haberme detenido a explicarle a la chiquita que promovía lo de Unicef el destino aberrante del dinero que estaba recaudando. Es posible que ni siquiera se hubiera parado a pensarlo detenidamente. Es importante no sólo ser coherente, sino también explicar una y mil veces las razones de lo que hacemos los cristianos. Eso nunca es perder el tiempo.