Todo el mundo quiere ser más.
Lo percibes desde la más tierna infancia.
Por culpa de ese deseo de ser más, la sociedad está siempre convirtiéndose en una jauría de lobos, de escaladores. Para contrarrestar, y, dado el fuerte sentido de justicia que siempre nos acompaña, aparecen continuamente intentos admirables de trabajar por la igualdad social. Pero es inútil. Aunque nadie lo confiesa públicamente, el ser humano aspira a no ser igual a los demás. En el momento en que se alcanza cierta igualdad, uno desea ser mejor, ser preferido, triunfar… ser más.
El Evangelio enseña otro camino. Jesús, que era el más, ha querido ser el menos. Aunque no le correspondía, ha buscado el último sitio (Flp 2). Ha querido ser contado con los pecadores, con los fracasados, con los perdedores, con los inútiles, con los averiados, con los ignorados… En esa búsqueda de lo menos hay una tal belleza que Dios Padre ha quedado enamorado de ella. Es necesaria cierta sensibilidad cristiana para descubrir la belleza de la humillación de Jesús, de su búsqueda del fondo, de su habitar lo último.
Quienes, como Jesús, buscan ser menos, se convierten en agentes muy beneficiosos para la sociedad. Relajan el ambiente. Previenen las frustraciones. Acompañan a los pequeños. Señalan a Cristo.
Pero ser menos es difícil.
Te dirán que eres tonto.
Te dirán que debes ser el mejor.
Te dirán que no vives la parábola de los talentos.
Te hablarán de la excelencia…
No lo entienden.
No pueden.
Pero es tan hermoso el penúltimo sitio (en el último siempre está Jesús). Se está tan bien allí. Hay tanta paz. Nadie te lo quiere quitar. Jesús está tan cerca. Y, además, es tan fácil querer, desde allí, al hermano…