Subo a un autobús urbano para ir hasta Plaza Venecia. Hay poca gente, y cada uno va a lo suyo. Delante de mí está sentado un señor que lee una especie de informe escrito en hebreo moderno. Yo voy leyendo un libro que no voy a decir hasta que lo sablee del todo
.
De repente, en una parada suben tres monjas y tres presbíteros indios o srilankeses, por el aspecto. Yo me decantaria por un origen indio. Van hablando entre ellos una especie de galimatías incomprensible (para mí, claro), que suena muy suave. Y están tooodo el rato riéndose. Los indios se ríen de una forma muy delicada. Y, como son tan oscuros de piel, y tienen esos dientes tan grandes y tan blancos, el autobús está lleno de sonrisas. Los que estábamos allí, nos miramos, los miramos, y nos reímostambién. Nuestro autobús se ha convertido en el autobús más risueño de Roma.
Y yo he pensado dos cosas:
1.-Me siento muy orgulloso de ser católico porque en la Iglesia hay gente maravillosa, como ese grupito de indios.
2.-Me imagino que a Dios también se le contagia la risa de sus hijos.