Marta es tan pequeñita que cabe en una mano. Nació tras un parto muy difícil. Nadie la esperaba tan pronto.
Marta se aferra a la vida, la anhela. Sus pequeños suspiros, sus inaudibles sollozos hablan de su lucha por vivir.
Junto a Marta hay muchos otros niños, en sus respectivas incubadoras. Hay mucho amor por la vida en esos cuerpecitos.
¿Cuál será el futuro de esos niños?
El reino de los Cielos es como la semilla del sésamo. Es la más pequeña de las semillas, pero, cuando crece y se convierte en un árbol, las aves del cielo ponen en él su nido.
Marta no es sólo lo que parece. Su futuro es extraordinario, grandioso. Ha sido convocada a la vida para ser un árbol enorme: es eterna, aunque sus pulmones, un día, se den por vencidos. Su nombre está escrito en los cielos. Es una pequeña hermana, y, de quienes son como ella es el reino de los cielos.
Tampoco nosotros somos lo que parecemos. No somos tan fuertes, ni tan grandes, ni tan sabios. Ante las cosas que de verdad importan, ante el misterio de la vida y de la muerte, somos muy pequeñitos.
Como Marta, anhelamos vivir, anhelamos el amor. Como ella, somos eternos.
Quien no de un vaso de agua a uno de los pequeños no entrará en el reino de los cielos, dice el Evangelio.
Hoy podemos dar un vaso de agua a Marta, y a Miguel, y a Kevin, y a Natasha, y a …
¿Que cómo se hace eso?
Es muy fácil. Repite conmigo:
Padre nuestro, que estás en el cielo…