Agustín Cardenal García-Gasco Vicente del Título de San Marcelo
Hemos vivido días intensos en Roma. Procedo a un breve relato.
Sábado 25
El consistorio (el acto por el que se crean los nuevos cardenales) es a las 10:30 en la Basílica de San Pedro. Pero hay que estar a la entrada a las 8:00 (al menos si eres parte del clero bajo, como yo, y no tienes ningún enchufe o chanchullo o algo así). Pensaba que era un poco pronto, pero aúnasí, a las 8 estaba en la plaza de San Pedro. La cola para entrar es de cuidado. Delante de mí hay una delegación de Irak y un grupo de texanos. Las colas católicas nos hacen a todos iguales. Es bonito.
Es siempre emocionante ir pasando los sucesivos controles mientras enseñas la entrada que te han dado. La emoción consiste en que no sabes hasta dónde vas a poder pasar. Yo voy mostrando mi cartulinita azul tan contento. Es la segunda menos mala pero no me quejo porque aspiraba a una blanca, que es la entrada de nivel inferior. Acabamos sentados en un lugar excepcional, al lado del pasillo central, entre las estatuas de San Felipe Neri y de San Ignacio de Loyola.
La gente va entrando poco a poco, se sienta y se dedica a cosas variadas: unos rezan el breviario, otros se dedican a hacer fotos, otros dormitan… Dos horas dan para mucho.
Sobre las nueve, empiezan a llegar algunos futuros o presentes cardenales.

No es necesario decir que a algunos les encanta que algún cardenal se pare a saludarles. Casi siempre por cariño. A veces, porque el camino para ser alguien tiene muchos recodos.
Por fín, puntual, sale la procesión de entrada.
Caminando pausadamente, sonriendo, va D. Agustín. No es el más alto, ni el más joven. Pero es el nuestro, así que le saludamos y le hacemos una foto. (A mí, la verdad es que me da ternura verlo en estas cosas).

Pasa el Papa, muy despacio.
Hoy se lo han puesto todo. Lleva esa pareja de pajecillos, con esos ornamentos TAN RECARGADOS. Es una imagen, como véis, muy imperial. Pero al Papa parece que lo que le importa es mirar a la gente, saludar con la mano, SONREÍR.

Mientras pasa, algunos curas (pocos) le gritan lo de siempre (Viva el Papa, y cosas así). A él parece que no le gusta mucho, la verdad (¿A quién le gustaría que, mientras va de camino a una celebración litúrgica, la gente empezara a gritarle a la oreja?). Yo le aplaudo. Se ha parado junto a mí. No paro de mirarle. Y me da mucha alegría poder estar aquí (Mucha gente, que ha venido de lejos, ni siquiera ha podido entrar en la Basílica).
A pesar del peso de las vestimentas, el Papa llega al altar, donde han colocado un verdadero TRONO, y comienza la celebración.

Vamos a celebrar una liturgia de la palabra. Después de una homilia en la que el Papa recuerda la importancia de considerar el cardenalato como un servicio, se entrega a los cardenales el birrete (el sombrero cuadrado que llevan). Después, los nuevos cardenales pasan a saludar a todos los demás.

Se me ocurre que todos los cardenales deben ir al mismo sastre, porque el tono de rojo es el mismo.
Uno de los personajes más aplaudidos ha sido Su Beatitud Bartolomé III, Patriarca de Babilonia de los Caldeos.

Es el primer "Cardenal de Iraq". El Papa lo ha nombrado varias veces, haciéndole sentir la cercanía de toda la Iglesia, en este momento de especial dificultad para los cristianos iraqueses. La gente le ha aplaudido más que a todos los demás juntos.
A la salida, cada cardenal llevaba su diploma.

Se le ve contento, ¿no?
(Me alegro de que le hayan aconsejado llevar ese roquete tan sencillo. Algunos cardenales parecen salidos de un muestrario de "Labores y encajes").
P.D. En breve actualizaré las fotos-noticias.