Tras la imposición de la birreta, la costumbre es hacer a los cardenales una visita de cortesía (llamada aquí visita "de calor"). Para ello, los neocardenales se sitúan en distintas estancias de los Palacios Apostólicos (es la única ocasión en que se abren al público) y en otros lugares del Vaticano.
Los tres cardenales españoles estaban en en Aula Pablo VI, así que allí nos fuimos.
A las 16:30 ya había cola para entrar. Las colas, como sabéis, son momentos privilegiados para aprender muchas cosas. Con nosotros estaba el obispo José Vilaplana. Aunque algunos le invitaron a enseñar el pectoral (que, en este caso, no es un músculo especial, sino la cruz que llevan colgada al cuello los obispos) para que le dejaran pasar, pero él se negó en redondo y se quedó haciendo cola con los demás. (¿Soy el único al que estas actitudes le dan devoción?. A mí me parecen, por lo menos, crísticas).
Junto a nosotros había una pareja (heterosexual) de jóvenes italianos. Cuando les preguntamos (bueno, se lo preguntó Benjamín, que es un curiosón) a qué cardenal iban a visitar, nos miraron divertidos. Nos dijeron que iban a saludar a los 23, porque, aunque no conocían a ninguno, los cardenales eran los representantes de todos.
Cuando entramos, el aula tenía este aspecto:
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O sea: nada de organización y mucho calor.
Nos fuimos acercando como pudimos, porque había un río de gente entrando.
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Había gente conocida. Entre ellos, este trío que saludamos (y nos fotografiamos con ellos a la entrada, justo después de que le preguntaran a JM, que iba de sotana, si era Legionario de Cristo). Le regalaron al Cardenal una MARAVILLOSA cruz de oro (Mis amigos me pueden regalar la versión plateada cuando quieran: les dedicaré un post).
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Se trata, en efecto, de Kiko, Carmen y el padre Mario. ALguien que estaba presente (aunque no cerca) me preguntó: "¿Cuál de los dos es más importante?" (se refería, por supuesto, a Kiko o a D. Agustín). La respuesta (que no le dí), está clara, ¿no?: "El que quiera ser mayor, que sea vuestro servidor" (Mc 10,44s).
El marco de fondo era esta espléndida imagen de la resurrección que pude ver de cerca:
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Nos dieron una estampita, como en las primeras misas.
Vinieron por allí Francisco Camps y la inefable Rita Barberá (alguien que no diré, con fama de liberal, se le echó al brazo y le dió dos besos de campeonato).
De allí nos fuimos por los jardines vaticanos (nunca había estado allí) hasta los palacios apostólicos. Eso fue después de conocer a los dos vicedecanos del CEU que me presentaron y que resultaron ser gente muy agradable (A pesar de conocerlos, no me pidáis favores, que estoy en contra del tráfico de influencias aunque todo hombre tiene un precio, claro).
Los palacios estaban llenos a rebosar, y había señales de tráfico para indicar donde estaba cada cardenal. Fuimos a visitar al de Houston, pero la cola era demasiado lenta (ellos sí que tenían una cola organizada). En eso estábamos cuando llegó un guardaespaldas que quería pasar por en medio de donde estábamos nosotros, y que iba diciendo "Señor Montilla, por favor, venga por aquí". Por supuesto, ni mis compañeros, ni yo nos movimos ni un milímetro. Viendo el panorama, el Molt Honorable Montilla, decidió pasar por detrás de la cola, de forma que evitó algunos amistosos comentarios que ibamos a hacerle. (Pensamos que iba a saludar al Cardenal irakí, por eso de hacerse una foto con una víctima de Bush, el amigo de Aznar).

Nosotros, cansados de la cola americana, nos dirigimos a saludar a nuestro amigo caldeo Bartolomé III. Pensamos que hablaba inglés, pero, por si acaso, y para quedarnos más tranquilos, le saludamos en italiano.
Después estuvimos deambulando hasta que se acabó. Vimos que pasaba por allí una princesa italiana que se ha convertido al cristianismo y que ha escrito muchos libros (no sé el nombre de la pava, pero por lo visto es muy famosa).
También estaba por allí el fundador de la Universidad católica de Murcia, con una bolsa llena de dossieres que repartía a algunos de los concurrentes (Sí, probablemente era un dossier sobre los problemas que están ocurriendo entre la Universidad y el Obispo).
Al final, nos fuimos a cenar al Trastevere. Y allí nos zampamos una pizza, como si no hubiera pasado nada.
La de cosas interesantísimas que se pueden hacer en un día.
Excelente crónica, muchas gracias.
Se le ocurrió decirlo a embajador — 29 November, 2007 @ 11:32 am
En la cola también coincidí con un obispo valenciano que tampoco quiso enseñar su pectoral para pasar… (cosa que algunos no tardaban en hacer…) (no juzgo, sólo aporto…)
Se le ocurrió decirlo a joanalbert — 1 December, 2007 @ 12:26 am