Una vez conocí a un tipo que se lamentaba de que había comprado un móvil (hace años: casi nadie tenía), pero nadie le llamaba para pedirle nada. (Por lo cual, probablemente, se sentía innecesario)
A raiz de recordar el caso, he estado pensando lo curioso que es el hecho de la petición.
Cuando alguien te pide algo, está constatando que desea o necesita algo que tú tienes y de lo que quien pide carece (o no tiene en la cantidad deseada).
Quien te pide algo confiesa la propia carencia y proclama la posibilidad que tienes de dar.
De otra forma: quien te pide te ofrece la posibilidad de parecerte a Dios, la fuente de todo Don.
Ante la petición, uno puede responder de varias formas:
-Negándose al don
-Donando una parte o sólo lo demandado
-Donándose a sí mismo en el don ofrecido
Cuanto mayor es lo que se demanda, más capacidad de donación se supone en aquél a quien se dirige la petición.
Cuanto mayor es el don, más perfecta es la aceptación en nuestra vida de la posibilidad de ser, como Dios, fuente de un don.
Quien da, como Dios, realiza un acto de creación, ya que suscita en el receptor el gozo y la gratitud que nacen del recibir.
Además, dado que el mismo hecho de donar nos hace como Dios, nos acerca al cumplimiento de nuestra vocación, se genera en el donar una alegría propia del donante, y una alegría propia de quien ha generado en otro el gozo y la gratitud.
Por eso, el pedir y el dar, son fuente de alegría.
Piensa pues que, cuando alguien te pide algo, te está ofreciendo la posibilidad de ser feliz.