Llevo una hora esperando para poder hablar con mi director de tesis. Con este hombre el horario es imprevisible. Pero esperar, mientras leo, también da ocasión a las relaciones sociales. Se me acerca un estudiante para preguntar qué alumno está dentro. Es el quinto que me hace la misma pregunta. Me cuenta lo que está haciendo. Yo le informo también de mis asuntos académicos. Entablamos una conversación sencilla y afable. Es un cura alto y repeinado, con acento americano, pero con un buen dominio del español. En un momento dado le pregunto por su comunidad y me dice que es un Legionario de Cristo. Seguimos hablando hasta que le toca el turno de entrevistarse con el decano (el chaval quiere entrevistarse con dos profesores la misma mañana: lo lleva claro..).
El decano es un tipo peculiar. Viste fatal (sólo conozco a un cura que vista peor), y tiene modales un tanto bruscos. De "estilo" parece bastante diferente a mi recién conocido amigo, tan clásico y elegante. Se me ocurre pensar en la gran variedad de personas que acuden a hablar con el decano. En el Bíblico hay rebaños de todas las ganaderías y colores, desde (casi) lo más integrista hasta (casi) lo más "ancha es Castilla". Sin embargo, el padre decano trata a todos de un modo correcto. O, al menos, los desaires no los crea por sus filias y fobias particulares.
La escena me lleva a pensar en mis años de Seminario. Me pongo a recordar a un profesor que abusaba de su situación para burlarse en clase de los alumnos del camino neocatecumenal, especialmente de los seminaristas del Redemptoris Mater. Recuerdo sus cinismos y sus sarcasmos. Y la indefensión de los chavales.
En aquellos años la actitud chulesca de aquel profesor me parecía poco católica y muy irrespetuosa.
Ahora, con la distancia del tiempo y las experiencias, me parece, además, pueblerina.
El legionario acaba de salir del despacho del decano. Le saludo con la mano mientras se abre la puerta de mi profesor.
Por fin.