He estado hoy leyendo sobre el proceso hermenéutico. Hablando del ejercicio por el que podemos ir captando lo que dice un texto, un autor decía que "el ejercicio hermenéutico es un camino del prejuicio a la precomprensión".
Lo mismo -he pensado- puede decirse del proceso de la relación personal.
Cuando empezamos a conocer a alguien, lo hacemos desde nuestros prejuicios. Ajustamos a la persona los modelos que ya tenemos. El aspecto físico, las circunstancias del encuentro, los pocos datos que conocemos de esa persona nos señalan, de algun modo, lo que podemos esperar de él o de ella. Por ejemplo: si uno ha conocido muchas morenas altas inteligentes, puede tener la tendencia a pensar, cuando conoce a una nueva morena alta que será inteligente, aunque nada indica, de antemano, que haya una ley fija respecto a la inteligencia de las morenas altas. O uno puede prejuzgar que uno que pide por la calle es uno que no quiere trabajar. (Sé que los ejemplos no son muy allá, pero ahora no se me ocurren otros).
Conocer a la persona es salir del horizonte de los prejuicios y entrar en la dinámica de la precomprensión. Es pasar a pensar en el otro sin juzgar apresuradamente. Se trata de abrirse a la escucha y a la posibilidad de la sorpresa que viene siempre con el otro.
Sería estupendo aprovechar esta Cuaresma para examinar cuántos prejuicios marcan nuestras relaciones personales; cuántas veces pensamos que ya lo sabemos todo del otro; cuántas veces tenemos pereza de empezar una nueva amistad porque pensamos que el otro nos aburrirá; cuántas veces, en el matrimonio, se sustituye la realidad del conyuge por el resumen de la historia común, negando a la relación la posibilidad de un futuro prometedor…
Dios no sólo no nos mira con prejuicios, sino que su amor va más allá de la precomprensión. Su disposición hacia nosotros es siempre la del preperdón.
¡Qué estupendo sería que abandonáramos nuestros prejuicios y nos empeñáramos en precomprender, preperdonar y preamar!