Estamos a las puertas de la Gran Semana. Han pasado ya los cuarenta días de la santa Cuaresma.

Quizá alguno esté pensando en los proyectos que se hizo allá por el miércoles de ceniza.

Quzá muchos de nuestros buenos propósitos se han quedado en intenciones.

Quizá, por todo eso, alguno afronta la Semana Santa con un espíritu de derrota, de desilusión.

Sin embargo, aún hay esperanza.

Hay esperanza porque la vivencia de la Pascua es siempre un don, algo que no es proporcional a nuestros preparativos, como podemos leer en los Evangelios. Después de un larguísimo retiro espiritual, llevado por el mejor director de ejercicios espirituales del mundo, los discípulos experimentaron un sonado fracaso.

Pero la Pascua es más que recoger las consecuencias de lo que hacemos. La Pascua es don, es regalo, es el estupor infinito.

Sea como haya sido nuestra Cuaresma, aún es posible seguir.

Porque la dracma perdida proporcionó más alegría que ninguna otra.

Porque por el hijo pródigo se mató el ternero cebado. Y por el primogénito, no.

Porque la oveja perdída era tan importante que hubo que dejar a las otras noventa y nueve desprotegidas para ir a buscarla.

Porque la dracma, y el hijo, y la oveja fueron ocasión de la mayor fiesta.

Por eso, aún es posible.

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