Los italianos son extraordinarios. Nadie como ellos ha sabido asimilar la fe cristiana al lenguaje cotidiano.
Mi amigo M (un diácono grande como un armario ropero) me está contando con todo lujo de detalles la pantagruélica comida que le preparó su mamma para el lunes de Pascua, ayudada de varias catequistas.
Con los ojos encendidos concluye:
-Y también me regalaron un rústico.
-Y eso, ¿qué es?¿Un dulce? -le pregunto.
-No. Es salado. Es una pasta rellena con cosas de Dios.
-¿Cosas de Dios?
-Sí. Ya sabes: bacon, salchicha, mortadela, jamón…Todo cosas buenas.
Mientras me río, le doy la razón. Las cosas de Dios son todas buenas. Aunque, afortunadamente, no todas tienen tanto colesterol…
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