Estoy celebrando la eucaristía. De cuando en cuando me fijo en dos niñas de unos cinco añitos que están en la primera fila. Parecen muy sonrientes mientras juegan con una Barbie y un Kent, unas muñecas de esas americanas que han desplazado a lal muñecas de trapo de toda la vida.

-"¡Qué monas!"- me digo, mientras pienso en lo estupendo que es que una familia cristiana lleve a los más pequeños a la eucaristía.

Cuando se acaba la celebración, mientras la familia de una de las niñas me acompaña a casa en el coche, la madre me dice:

-"¿Sabes a qué jugaban las niñas?. Estefanía, la amiga de mi hija, le ha pedido a la nena que jugaran con las muñecas a hacer el amor. Mi hija le ha dicho que no sabía qué era eso. Estefanía le ha dicho que tenían que desnudar a las muñecas y que después se besaban".

Miro a la pequeña que está contando los coches que se nos cruzan, ajena al tema. Y yo que había estado tan devoto en la eucaristía…

-"Dame las muñecas", le digo, "que tienen que confesarse. Y ya veremos cuando te las devuelvo, que igual les toca una penitencia muy larga".

La niña me las pasa y las escondo debajo del sillón.

Cuando llegamos, le devuelvo a Barbie y Kent recién confesados.

-"Me han dicho que no lo volverán a hacer", le digo a la pequeña.

La niña me mira divertida.

Me voy pensando en la asignatura de reeducación para la ciudadanía, y en los padres ilusos que aún no han objetado.

Si el panorama está así en Italia, donde no dan esos catecismos laicos, ¿qué pasará en España, el laboratorio de políticas educativas de Europa?

De momento, estoy pensando en prohibir que se juegue a las muñecas durante la Eucaristía.

O, por lo menos, durante la consagración.

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