Hace ya un tiempo que una parte de la sociedad española está intentando encontrar las fosas en que durante y después de la guerra civil del s. XX se enterraron los cuerpos de muchos de nuestros compatriotas. Es vergonzoso que haya muertos por las cunetas y los campos que aún no hayan sido debidamente encontrados, identificados, entregados a sus familiares y sepultados correctamente.

Todas esas fosas escondidas y anónimas son como bolsas de pus que impiden que la sociedad española pueda superar aquella época.

El problema es que las leyes sólo amparan la búsqueda de las fosas en que yacen las víctimas de uno de los dos bandos: las víctimas del otro bando no son reconocidas como tales, y sus fosas seguirán allí, pudriendo la convivencia hasta que alguien tenga la decencia de abrirlas y sanearlas.

Es un problema eso de construir una sociedad sobre fosas disimuladas.

A veces la Iglesia ha tenido la tentación de tapar las fosas y alfombrar los cementerios. Es una tentación propia con frecuencia de quienes, en lugar de mirar de frente el evangelio prefieren el continuismo de las sepulturas blanqueadas.

Afortunadamente nuestro papa actual no es así.

En su viaje a EEUU, B16 no ha tenido ningún problema en denunciar los intentos de poner alfombras sobre las tumbas. Sus palabras sobre el drama de la pederastia de algunos presbíteros americanos, así como su denuncia de la lamentable gestión de aquellos que quisieron tapar las fosas han sido admirables.

El Papa no ha tenido miedo de volver a poner sobre el tapete el enorme daño que se causó y que aún debe ser vendado. No ha tenido miedo de mirar cara a cara las equivocaciones y los pecados, de denunciarlos, de intentar repararlos, de preparar la prevención.

Pastores como este papa, que sepan gobernar, hacen que uno se sienta orgulloso de ser católico.

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