El sábado fueron ordenados diáconos siete fratelli de Valencia.
Más fotos y una crónica vienen de la mano de Te llevaré al desierto.
He recordado mi propia ordenación de diácono. No hablaré ahora de las grandes cosas. Ni de las más importantes. En el blog del Desierto comentan cosas estupendas y hasta la homilia. Pero os contaré cómo viví el "detalle" del traje eclesiástico, que se lleva a partir del diaconado.
A lo largo del recorrido del seminario, supongo que como ahora, los seminaristas hablábamos y discutíamos acerca de la conveniencia-necesidad-importancia-etc de llevar o no el clergyman. Con la ordenación llegó, generalmente, la prueba del algodón. Una cosa es hablar. La otra cosa es salir a los pasillos del seminario y de la Facultad, a las calles de Valencia o del propio pueblo con el alzacuellos. Había varias teorías.
1.-La del "antes muerto que con el espantaputas". Esta postura se comenta sola.
2.-La idea del "yo me lo pongo en ocasiones especiales". La verdad es que nunca la he entendido. Sobre todo porque lo de "ocasiones especiales" es difícil de determinar. ¿Es una ocasión especial atender a los pobres de la parroquia?¿Y llevar la comunión a los enfermos?¿Y estar delante del Sagrario? La verdad es que tras esta postura sospecho que hay una visión clericalista del asunto, como si hubiera espacios sagrados y otros que no lo son, tiempos sagrados (o especiales) y otros que no lo son. Los cristianos no tenemos ni tiempos ni espacios sagrados distintos de los tiempos o espacios "seculares". La relación con Dios es posible siempre y en todo lugar, y por eso todas las ocasiones y todos los espacios son especiales.
3.-La de quien decía "me lo pondré cuando sea presbítero". La teología subyacente a este razonamiento es cuestionable, porque, en lo referente al clergyman, el presbiterado no añade ni modifica nada. Uno es clérigo desde el diaconado, y cuando es presbítero no es más clérigo porque no hay grados en el estado clerical. Es una situación binaria: o eres clérigo o no. Punto. Y la Iglesia pide el uso del traje eclesiástico a los clérigos (al menos, hasta donde yo sé).
4.-La del "yo no me lo pongo por no dejar en evidencia al párroco, que no lo lleva, a pesar de que ya es sacerdote". Pues bueno. También podría ocurrir que el párroco se animara a llevarlo, ¿no?¿O es que hay párrocos a-clergymanados que ya están deshauciados? Por lo demás, como uno se ponga a copiar otros errores del párroco para no dejarle en evidencia…apañados estamos.
5.-La de los que hemos hecho del traje eclesiástico la indumentaria habitual desde la ordenación diaconal. A pesar de que éramos - y somos- simplemente siervos inútiles y, generalmente más inútiles que siervos. Ponerse la camisa de cura por las mañanas es un ejercicio de humildad que nace del saberse muy, muy pequeño para llevar ese traje. A veces, esa pequeñez es muy lacerante, y ponerse la tirilla muy difícil.
El primer lunes que fui con mi alzacuellos nuevecito a la Facultad, una señora me escupió el calificativo "Padre Apeles". Ya entonces pensé que no iba a ser fácil. Desde entonces me han llamado "cuervo", "cucaracha" y algunas otras lindezas que no diré porque esto lo lee mi madre. También a veces me han invitado a café, o me han preguntado el horario de misas de alguna Iglesia. O me han dado el pésame por la muerte del Papa. Otras veces, he percibido una chispita de alegría en las personas que me encontraba por la calle.
Hay muchas historias que no contaré. Podría alegar muchos argumentos en favor del traje eclesiástico. Pero a mí, lo que más me motivó - y me motiva- es la petición de JPII cuando vino a Valencia por primera vez, y en la ordenación presbiteral de D. Enrique Benavent, el obispo de la foto, les dijo, hablando del tema, en la homilia: "NO CONTRIBUYÁIS AL SILENCIO DE DIOS EN LAS CALLES".
Pienso que muchos días, aparte de la celebración de los sacramentos y la oración, romper el silencio de Dios por las calles ha sido, por desgracia, lo único bueno que he hecho. Algún día de esos que estás más desanimado, me he dicho: "vayamos a pasear, y que piensen en Dios, y que vean que aún hay curas, aunque seamos pecadores".
Y digo todo esto, en fin, desde el respeto a todos esos santos curas vestidos de seglar a quienes no soy digno de desatar la correa de la sandalia. Faltaría más. La santidad es más que una camisa, por supuesto.
En fín. A mis hermanos diáconos de Valencia les envío un fuerte abrazo.
CORAGGIO, RAGAZZI!!!
¡¡Sed diáconos sin complejos!!
(Este cartelito se puede aplicar a los diáconos, claro. La verdad es que me hizo gracia cuando lo ví en el blog de un seminarista. Los que vienen atrás pisan fuerte…)


