El hombre es uno, y en su unicidad está llamado a relacionarse con Dios "con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fierzas". Por esto, en la oración, momento especial de la relación con Dios, todo el hombre, en cuerpo y alma, se ve implicado. De ahí la importancia de las posturas o gestos corporales en la oración.
La teología judía explica que la oración más perfecta implica la totalidad del hombre que, con todos sus huesos proclama: ¿Señor, quién como tú…?.
De este intento de clamar a Dios con todo el cuerpo nacen estas imágenes:
Además, dice Zohar (3,218b-219a) que el alma de un judío está unida a la Torah como una llamita está unida a una candela. De igual modo que una llama, unida a la mecha, va y viene, así el cuerpo del hombre, unido a la Palabra de Dios, durante la oración, va y viene.
(Como todo, esto hay que entenderlo bien. En Jerusalén vi a muchos que meneaban mucho el cuerpo, pero miraban a un lado y al otro como si se estuvieran aburriendo, como si bastara con mover los huesos. Es, en fin, el equivalente a dormirse durante la oración, o mirar el reloj mientras rezamos el padrenuestro…)