A primera vista parecía un cura perfecto. Pero por dentro el tipo era otra cosa.
Lo fui descubriendo mientras le acompañaba en el coche a hacer no recuerdo qué gestiones.
Conducía como un maníaco, creyendo que tenía más derecho que los demás. No respetaba los pasos de peatones. ¿Para qué?. Lo que él tenía que hacer era más importante que lo que hacían los demás.
Mientras tanto, me iba contando lo de sus desagradecidos feligreses. Siempre pidiéndole cuentas. Siempre pidiéndole explicaciones. Siempre poniéndole pegas. No acababan de comprender que ÉL ERA EL PÁRROCO.
Fue una mañana agotadora. Siempre es muy cansado acompañar a esos mártires.
La ultima parada era el banco. Dio una vuelta a la manzana y aparcó en el primer hueco que vio.
"Es una rampa para minusválidos", le avisé.
"Da igual", me dijo, "todos saben que éste es mi coche".
Cuando salimos del banco alguien había escrito en el polvo de la parte de abajo de la ventanilla: "Aparca bien, cabrón".
"¿Te das cuenta?", me dijo. "Este pueblo está lleno de anticlericales".
P.D.
Los personajes de esta historia no están inspirados íntegramente en ninguna persona real. Se me ha ocurrido después de leer esta homilía del Papa acerca de los mártires del s. XX y XXI. Me he quedado pensando en lo importante que es distinguir cuándo te persiguen por ser cristiano, cuándo te acusan porque haces las cosas catástróficamente mal, y cuándo no te persiguen porque eres una catástrofe de cristiano.
Lo que está claro es que, si eres un buen cristiano, tendrás persecución. Pero la frase a la inversa no es verdad. No siempre cuando creemos que hay persecución se debe a que somos buenos cristianos. Puede ser que hayamos aparcado en la rampa de minusválidos.
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