El evangelio de Marcos dice que a la hora sexta hubo una gran oscuridad por toda la tierra hasta la hora nona. Después de esas tres horas de oscuridad (exterior e interior) Jesús gritó "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".

Se trata de un grito desgarrador que reproduce el inicio del salmo 22.

Muchos intérpretes justfican el aparente escándalo de que Jesús pregunte a su Padre la razón de su abandono con el hecho de que el salmo 22 acaba con una expresión de esperanza o confianza. Pero, si lo que se quería expresar era eso, ¿por qué no emplear otro salmo, o, directamente, la parte del salmo que habla de la esperanza?

Hay que tomarse en serio el grito de Jesús. Un poco después, con otro grito, expiró. Marcos sigue contando que el centurión que había allí, "viendo cómo había muerto" dijo: "En verdad este hombre era Hijo de Dios". Lo que no ha conseguido ninguno de los milagros de Jesús, lo ha conseguido su muerte: la comprensión de su identidad. Porque en Jesús, Dios habita el abandono. Incluso en el grito del desesperado, de todos los desesperados, de todos los abandonados, incluso en esos corazones enfadados con Dios, lejanos, incluso ahí está Dios presente, habitando, en silencio, el abandono y las horas de la oscuridad.

¡Qué sólo, y qué a oscuras estuviste, Jesús!