Anoche, sábado, salimos de botellón.
Tengo que decir que era el primer botellón de mi vida.
Teníamos que celebrar que Heineken ha retirado su publicidad del programa irrespetuoso contra el que estamos en campaña. Nunca bebo nada, pero la ocasión lo requería.
Ibamos a por la cerveza un presbítero venezolano, otro español, un diácono italiano y un subdiácono griego ortodoxo. Era una especie de mini-ONU cristiana en medio de una marabunta. La calle siempre está llena los sábados, pero en éste, además, se ha celebrado el Gay Pride en la Navona, y hay muchos "personajes" por ahí.
Vasilios y yo habíamos empezado a discutir.
"Los españoles habéis hecho las peores herejías de la historia".
"¿Nosotros?. Por el amor de Dios. Pero si en España estaba la Inquisición, y aquí no había ni un hereje ni medio, de Pirineos para abajo".
"Ya. Pero habéis hecho la peor herejía del mundo".
"¿…?"
"Sí. Empezásteis vosotros lo del filioque. La culpa fue vuestra, porque no sabíais griego, sólo latín".
"¿Cómo?", le digo, "Lo del filioque no es una herejía, sino una verdad de fe. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo".
"Lo ves. Herejes", me dice Vasilios, poniéndose las manos en la cabeza. "El Espíritu procede sólo del Padre. Herejes. No sabéis griego".
Empezamos una discusión sobre la naturaleza de las personas divinas, y sobre las procesiones intratrinitarias.
En un momento dado, Vasilios se para y, riéndose, con los ojos chispeantes, nos dice:
"¿Habéis visto a esa chica, la de las…", y con un ademán nos indica el enorme tamaño de los pechos de la individua: un verdadero exceso anatómico que no se molesta mucho en cubrir.
"Pero Vasilios, ¡Si es un travesti!".
"¿Cómo?", dice Vasilios, con los ojos como platos.
Vasilios, no se lo acaba de creer, pero ante nuestra insistencia, se fija un poco y acaba bajándose del burro.
"Hay que ver cómo está el mundo", me dice.
"Sí", le digo. "Y vamos a cambiar de tema. Porque si no sabes distinguir un travesti de una señora, ¿cómo vas a saber distinguir las personas de la Santísima Trinidad?".
Vasilios se rinde, riéndose.
Nos tomamos las Heineken en la calle, en los bancos del Palazzo Farnese. Y mientras tanto, Vasilios me pregunta cómo estamos haciendo los católicos para combatir la secularización. Se lo cuento.
Estupenda conversación.
Y estupenda cerveza. Sabe a victoria.