Miércoles, 23 de Julio de 2008
Tenía gran ilusión por ir a un lugar del que había oído hablar mucho en la facultad: la abadía benedictina de Maria Laach, junto al lago de Koblenz. Ayer, por fín, pude visitarla.
Cuando nos acercábamos a la abadía, nos acogió un ángel como éste:
En Alemania, aunque parezca lo contrario, "creen" mucho en los ángeles. Hay una especie de revival de la devoción a estos espíritus protectores, y hay imágenes de ellos, libros, charlas, etc… por todas partes.
Aquí está el interior del templo. Como véis, los alemanes no tienen horror vacui, y dejan muchas paredes vacías.
Llegamos a punto de que se acabara el rezo de la hora intermedia, pero aún pudimos contar a los monjes. En Alemania hay un gran auge de la vida monástica masculina (la femenina aún está de capa caída). Los monasterios se están convirtiendo en centros de pastoral y de evangelización, como en la Edad Media. Y las vocaciones parece que no escasean.
Esta capilla es muy especial. Aquí se celebró la primera eucaristía de cara al pueblo ¡¡¡EN 1921!!! Más de cuarenta años antes del Concilio Vaticano II, los monjes de Maria Laach estaban desarrollando, junto a otros grupos teológicos, lo que se llamaría el Movimiento Litúrgico, que condujo a la renovación litúrgica de la que hace años que disfrutamos los católicos. Generaciones y generaciones de estudiosos han conseguido repristinar la liturgia, cuyo valor y vigor, durante muchos siglos, ha estado bajo capas de tradiciones, añadidos, devociones y puntillas varias que dificultaban descubrir y vivir el espíritu de la liturgia. (Con los vientos que corren, espero que todo ese esfuerzo no haya sido en vano. Y no digo más).
Cerca del templo está este cementerio tan bonito, en una encrucijada, entre dos caminos que se pierden en la oscuridad del bosque.
El interior del cementerio.
Aterrazado, sin tapia posterior, sin separación con el bosque que, allá detrás, es a la vez acogedor y solemne. Y tan hermoso como la liturgia de los monjes.
Y después de tan altas contemplaciones, lo mejor es llenar el estómago con una sobria salchicha.
Bueno, acompañada de una guarnición (las patatas van a mansalva). Y una cerveza… Ya véis. Nada da más hambre que pensar en la eternidad, ¿no es cierto?
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