Sábado, 26 de Julio de 2008
Ayer fui al funeral de A, la madre de dos amigos de mi antigua parroquia.
Llegué tarde, así que me puse hacia el final, cerca de la puerta.
Cuando acabó la celebración, el párroco dio las gracias en nombre de la familia y avisó de que no habría pésame. La verdad es que lo imaginaba, así que pensé saludar con la mirada a los familiares y marcharme. Ya se sabe lo que pasa: si uno empieza a dar el pésame, acaban dándolo todos.
Salió el féretro y detrás el párroco. Me vio y se acercó a saludarme. Yo intenté hacerlo brevemente, porque me daba apuro alargar la conversación en aquel momento. Le dije que después pasaría por la sacristía, pero él me invitó a un café.
En cuanto se fue me puse a buscar dónde estaban los familiares de A. La gente estaba saliendo. Se acercó una señora a darme dos besos y saludar. Antes de despedirse, de paso, me felicitó por mi onomástica. La señora que tenía al lado lo oyó, así que se decidió a felicitarme ella también. El matrimonio que había detrás lo dijo claramente: "Ya que estás aquí, aprovechamos para felicitarte. Así, mañana ya no te llamamos".
En definitiva: la familia no dio el pésame, pero a mi me felicitó la mitad de la parroquia. La verdad es que fue estupendo poder ver de nuevo a tantos amigos, pero la situación me daba un poco de apuro.
Del conjunto aprendí una cosa:
Es peligroso asistir a un funeral el día de la propia onomástica (o la víspera), y quedarse junto a la puerta
