A veces Dios se esmera en hacer cosas bonitas para nuestro deleite. Es una pena que se nos pasen desapercibidas. Es más: yo diría que no apreciar la naturaleza puede llegar a ser un desprecio del talento divino. Es como pasar delante de un Sorolla sin prestarle atención.

Ayer el Señor nos preparó este precioso tsunami nuboso del fondo:

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Para fotografiarlo, me subí a una montaña desde la que se obtiene una vista estupenda del valle.

Mientras hacía las fotos se me acercó W y su mujer. Son dos holandeses amabilísimos que han decidido pasar el resto de su vida postjubilación en la soleada España. En Holanda se han quedado sus padres (en confortables residencias) y sus hijos. W y su mujer piensan que uno debe educar a sus hijos con esmero, para que puedan conseguir un buen trabajo. Después de la independencia laboral ya no hay más responsabilidades hacia los hijos. Ni de los hijos hacia los padres. Por eso les parece tan normal que sus padres estén en una residencia. Por eso les parece tan normal prepararse ellos mismos para afrontar una vejez más o menos solitaria en España.

Les cuento que la familia tradicional española es diferente. Los padres se sienten responsables de los hijos y procuran ayudarles durane toda la vida. En correspondencia, los hijos se sienten responsables de sus padres hasta el final de su vida. Por eso en los ambientes más tradicionales de la sociedad española, lo de llevar a la residencia a los propios padres no deja de ser el último recurso.

No sé qué os parece, pero me da a mi que ese cuidar a los ancianos hasta donde se pueda es una de las ramas de la educación católica y de su cuarto mandamiento. Por eso la descristianzación de la sociedad conlleva que la responsabilidad hacia las generaciones anteriores, -a quienes se debe al menos el mismo trato que el recibido-, se vaya diluyendo.

Las viejas vigas católicas aguantan aún. Pero no sabemos hasta cuándo. Se acerca un tsunami. Y ése, a diferencia del de la foto, no está hecho de vapor de agua.

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