Todos hemos oído hablar de aquellas épocas en que los familiares arreglaban los matrimonios de los más jóvenes y, en un momento dado, les comunicaban el nombre del cónyuge asignado. Con frecuencia eran personas desconocidas. Imagino que, tras saber quién era el futuro esposo o esposa, los interesados comenzaban sus pesquisas, sus preguntas, sus intentos por obtener una imagen, una visión, aunque fuera breve…

Lo mismo pasa con los presbíteros (al menos, los diocesanos). Un día te llama el obispo o el vicario episcopal y te dice el nombre de tu futura parroquia. Empieza entonces un tiempo extraño que va desde que sabes la noticia (pero no la puedes decir más que a tus cien amigos íntimos) hasta que se inician los trámites oficiales y te entrevistas con el actual ocupante de la parroquia.

Son días en que se experimenta el mordisco de la curiosidad por conocer la parroquia. No es infrecuente que se haga, durante ese tiempo una visita de incógnito (tirillas out) al lugar de los desposorios. Son visitas hechas con nocturnidad y alevosía, aprovechando las calles vacías para pillar a la novia desprevenida por unos segundos. Es muy divertido ir con el navegador satelital (¿cómo lo hacían antes?)y las gafas de sol, evitando la mirada de la gente, como si pudieran descubrir escrito en la frente el motivo de la visita: "El nuevo párroco".

El otro día tuve la suerte de participar en una de esas incursiones acompañando a un recién "cuasidesposado". No me decepcionó la aventura. Cuando los tres aquerridos exploradores conseguimos plantarnos ante la parroquia, cerrada a cal y canto, ignorante de que la estábamos espiando, la pregunta y la respuesta fueron inevitables:

-"¿Cómo será?"

-"Pues como todas: una maravillosa cruz esponsal y un rayo de luz amorosa y confiada".

Y después, sin hacer mucho ruído para no despertarla, nos fuimos en el coche a celebrar la despedida de soltero (Unas verduritas a la plancha y una cerveza sin alcohol, que la DGT es el ojoquetodolove). 

¡Ah, la impaciencia del amor…!

 

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