Olivia no tiene piernas y, como nació pobre en Mozambique, tampoco tenía silla de ruedas.

Lo que sí tiene es fe. Cada domingo recorría, arrastrándose por los caminos de tierra, los cuatro kilómetros que separan su casa de la parroquia. Para ella la Eucaristía es lo suficientemente importante como para pasarse horas, incluso durante el ardiente verano, serpenteando por el suelo. Cuatro largos kilómetros de ida y otros cuatro largos kilómetros de vuelta.

Y eso que cuando empezó a ir a la Eucaristía aún no estaba bautizada.

Es una historia que recordaré cada vez que alguien me diga que no le viene bien el horario de misas o que le parecen muy largas. Y cada vez que me dé palo ir a abrir el templo porque a nadie le da la santa gana de hacer el trabajo de sacristán.

De las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, que le han gestionado a Olivia una silla de ruedas como regalo de Bautismo, ya hablaremos otro día. De momento podemos rezar para que el Señor les de santas vocaciones.

La Nueva Evangelización la harán cristianos así… o no la hará nadie.

Powered by Qumana