-"¿Para qué estudiar tanto? El más burro del pueblo puede decir la misa. Basta con que sepa leer".

Me lo dice una señora cuarentona después de preguntarme por mis estudios en Roma.

Me pregunto cuánta gente piensa que el trabajo de los curas es solamente "decir misa". Se les olvida la cantidad de maridos a quienes animamos para que sufran en silencio el agriado carácter de mujeres como la cuarentona que tengo delante. Se les olvida la cantidad de mujeres a las que animamos a "educar" con paciencia a maridos que piensan que su obligación, al llegar a casa, es encender la tele y pedir un bote de cerveza mientras se acaba de preparar la cena.

Mientras la señora sigue con su perorata anticlerical, explicándome que las iglesias se han vaciado "porque los curas le hablaban a la gente en misa de los pobres de Africa y la gente volvía a su casa habiendo perdido el apetito", me acuerdo de aquel dicho: "Más vale callar y dejar que duden de si eres ignorante, que hablar y disipar toda duda".

Pero no le digo nada. Tantos años de sesudo estudio me han ayudado a controlarme un poco. Decido pasarle a la cuarentona un test de inteligencia.

La miro inclinando un poco la cabeza. Relajo un poco los párpados. Tenso las comisuras de la boca y dejo que aparezca un poco mi ortodóncica sonrisa mientras me rasco el cuello, justo encima de la tirilla del clergyman con el dedo corazón ¿Lo pillará?

La cuarentona se calla un momento. Me mira fijamente y me pregunta:

"¿No estás de acuerdo".

No digo nada mientras miro compasivamente a su silencioso marido. Debe ser un gran cristiano.

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