Hace años, tras una confesión, el presbítero me dio una estampa que decia:

"Un sacerdote debe ser

Muy grande
y a la vez muy pequeño,
de espíritu noble como si llevara sangre real
y sencillo como el labriego.

Héroe por haber triunfado de sí mismo
y el hombre que llegó a luchar contra Dios.
Fuente inagotable de santidad
y pecador a quien Dios perdonó.

Señor de sus propios deseos
y servidor de los débiles y vacilantes.
Uno que jamás se doblegó ante los poderosos
y se inclina, no obstante, ante los más pequeños.

Es dócil discípulo de su Maestro
y caudillo de valerosos combatientes.
Pordiosero de manos suplicantes
y mensajero que distribuye oro a manos llenas.

Animoso soldado en el campo de batalla
y mano tierna a la cabecera del enfermo.
Anciano por la prudencia de sus consejos
y niño por su confianza en los demás.

Alguien que aspira siempre a lo más alto
y amante de lo más humilde.
Hecho para la alegría
y acostumbrado al sufrimiento.


Ajeno a toda envidia.
Transparente en sus pensamientos.
Sincero en sus palabras.
Amigo de la paz.
Enemigo de la pereza,
Seguro de sí mismo
.

(Tomado de un manuscrito medieval)"

Al final, en letra más pequeña, decía:

"El copista escribió al margen: Justamente todo lo que yo no soy"

Y fue precisamente esa última línea la que me invitó a plantearme mi vocación al presbiterado.

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