Los cristianos somos como la Luna: de lejos brillamos a veces, pero si alguno se acerca, descubre que la Luna, como los cristianos, es de polvo. Sólo brilla por la luz del Sol que refleja.

Me ha venido a la mente al leer lo que ha escrito la delegación de Getafe en torno a la renovación de la Consagración de España al Corazón de Jesús.

La Delegación aprovechará la ocasión, una vez más, la ocasión, como viene siendo habitual, para educar a los jóvenes en fuertes lazos de cariño, admiración y obediencia a la Iglesia y a su jerarquía.

Lo de educar a los jóvenes en la obediencia a la jerarquía es fácil de entender. Los presbíteros prometemos a nuestro obispo obediencia y respeto. No más.

Lo del cariño puede venir o no. Ojalá venga, porque lo hace todo más fácil, pero se puede ser muy fiel a la Iglesia y muy santo sin tener cariño a los superiores. El amor es necesario, porque se lo debemos a todos. Pero el cariño… el cariño es otra cosa.

De todos modos, no es sólo el tema "cariñoso" lo que me ha sorprendido, sino lo de la "admiración". Ahí sí que creo que se han pasado de servilistas.

Me atrevería a decir incluso que eso de "admirar" a la jerarquía es externo a la tradición bimilenaria de la Iglesia. Nuestra Santa Madre es muy muy muy sobria en eso de las admiraciones. Tenemos mucha experiencia en jerarquías poco admirables. Y hemos sobrevivido. Al fin y al cabo, la jerarquía no está para suscitar admiración, sino para gobernar, administrar los sacramentos, y enseñar.

Uno puede sentirse admirado por actuaciones de algunos "jerarcas" (vaya vocabulario), incluso por algunas personas de la jerarquía. Pero, ¿admiración por la jerarquía, así en bloque?

¡Si la jerarquía es de polvo, y -a veces- del polvo más bajo que hay!

La única admiración posible que puede suscitar la jerarquía, así, en bloque, es que siendo tan polvorienta el Sol se haya querido servir de ella.

Ah, el Sol…!!!

El Sol sí que es admirable.