Hace años tuvimos en la catequesis de primera comunión dos niños con una profunda discapacidad psíquica.

Uno de ellos acudía a la catequesis con su madre, porque no había otro modo de acompañarle como necesitaba. Después de tres años lo único que se consiguió (aparentemente) fue que el niño no se sacara la hostia de la boca. Uno de los requisitos para recibir la comunión es "saber a quién se recibe", y en este caso no se daba de ningún modo. Pero los católicos damos el bautismo a los niños sin que sepan lo que hacen. Y los ortodoxos dan a los niños de pecho los tres sacramentos de la iniciación cristiana. ¿Se le podía dar la primera comunión a un niño que no sabía ni podía saber a quién recibía?

El otro niño, tenía menos discapacidad, pero su madre se empeñaba en que era como los demás. Cuando llegó el momento de la primera Comunión, los padres querían que comulgara en una fecha y en un lugar en el que no era posible (las normas a este respecto eran bastante estrictas). Seguramente tenían problemas con la sala del banquete.

Al final se marcharon a otra parroquia y convencieron al párroco de que le diera la comunión al niño cuando ellos pretendían, con la excusa de que nosotros no le queríamos dar la comunión porque era discapacitado.

Ese hermano párroco se comportó más bien como un judas cualquiera. No llamó en ningún momento para preguntar lo que había pasado. Ni siquiera pidió la partida de bautismo. Pero seguro que quedó muy bien, mientras a nosotros se nos calumniaba.

En Barcelona un párroco ha negado la Comunión a una niña con síndrome de Down (supongo que profundo), y los padres se han ido a otra parroquia y chim-pum.

La noticia ha saltado a los periódicos llena de medias verdades y confusiones. Se nota que no han contrastado los datos, y que la versión principal se debe a los padres y a un periodista amarillista. Lo que está claro es que a la misma niña un párroco le negó el sacramento que el otro le ha dado. Uno de los dos se equivoca, pero no ha habido ninguna aclaración por parte de la diócesis. Igual sacan una notita dentro de quince días, si hay bastante escándalo periodístico (que no creo que haya).

Estos casos muestran hasta qué punto es equivocada la plasmación práctica de la doctrina y la legislación de la administración de los sacramentos. Si nosotros arrastramos por el suelo a veces la dignidad de lo que hacemos, ¿cómo nos extraña que los demás se inventen sus propios sacramentos laicos? No parece que nosotros nos estemos tomando las cosas muy en serio. Empezando por el orden de recepción de los sacramentos de la iniciación, que ha sido trastocado contra toda la tradición secular de la Iglesia, que siempre había dado la comunión después de la confirmación. Pasando por el "uso" de algunos sacramentos, que se entregan a cambio de que el receptor quiera pasar por un cierto número de horas lectivas, y sin que importe ni la "práctica" ni nada más.

Si no nos lo tomamos en serio nosotros, ¿con qué cara pedimos a los demás que lo hagan?.

Copio un trozo de un comentario de monseñor Sebastián que me ha recordado D a propósito de los sacramentos laicos:

Esta política del mimetismo y de la apropiación nos tiene que mover a los católicos, a los fieles y a los sacerdotes, a celebrar los sacramentos de la salvación con una fe más viva, con unas actitudes más sinceras y más religiosas, con unas formas sociales más coherentes. Nada de celebrar sacramentos sin una preparación adecuada ni unas mínimas actitudes religiosas suficientemente claras y sinceras. Nada de preparar los bautizos o las bodas como quien prepara un acontecimiento puramente social, los trajes, los regalos, el banquete, sin prepararse espiritualmente con unos días de retiro y oración, con una buena confesión, con el propósito de vivir cristianamente y de cumplir de verdad lo que significa y reclama el sacramento que pretendemos celebrar.

Si queremos ser una Iglesia libre y verdadera en una sociedad verdadera y libre, tenemos que comenzar por acentuar la autenticidad y la coherencia de nuestra vida personal y de nuestras celebraciones comunitarias. Los sacramentos son celebraciones religiosas, celebraciones de la fe en Dios y en Jesucristo, que hay que vivir de verdad, con espíritu religioso y aceptación interior. Luego ya habrá tiempo para celebrar socialmente con alegría los momentos importantes de nuestra vida. Pero siempre manteniendo la proporción y la coherencia de los diferentes momentos.

Cuanto más religiosas y verdaderas sean nuestras celebraciones, más ridículas y más estériles serán las imitaciones vacías de los laicistas. No lo dudemos, la fuerza de los laicistas está más en nuestra propia debilidad interior que en el valor de sus argumentos y de sus iniciativas. Por eso nuestra respuesta no está tanto en atacar lo que ellos hacen como en mejorar lo que hacemos nosotros.

Me pregunto si cuando monseñor Sebastián mandaba hizo algo en la línea de lo que ahora predica. No lo dudo. Pero me gustaría saber qué medidas concretas tomó.