Acabo de tomarme un café de esos que quitan el sentío: caliente, espeso, negro y aromático. Ristretto y al vetro. Con azúcar de caña.

Me lo han servido en una cafetería "de diseño" de Campo de’ Fiori, en pleno centro de Roma.

Me han puesto un enorme vaso de agua fresquísima para enjuagar la boca antes y después del café. Así se saborea mejor.

También me han ofrecido un bombón de chocolate puro con un 80 por ciento de cacao.

He pagado por todo 70 céntimos.

Después de esta experiencia creo que me costará adaptarme a la economía cafetera española.