Creo que todos hemos visto esta escena alguna vez: dos perros se encuentran por la calle y se olisquean mutuamente el trasero. No sé exactamente el sentido del gesto, pero supongo que tiene que ver con el mutuo reconocimiento y con ese marcar el territorio que a veces hacen los perros con el pis.

La evolución humana ha llevado una actitud parecida a modos más refinados.

El otro día estuve en una cena en la que había un montón de curas. Allí estaba Elqueyaera, Elqueibaaser, Elquequeríaser, Elquehabíasidoylegustabarecordarlo, Elquenuncaseríaperonodejabadeintentarlo, Elqueerasinsabercómo, Unoqueapuntabamaneras y varios Nifúnifá.

Elqueyaera le echó desde el principio la vista encima a Unoqueapuntabamaneras, y se pasó la cena preguntando por su nombre, que no acababa de recordar porque era un poco raro: se veía que le interesaba preparar futuras relaciones mutuamente convenientes. Al fin y al cabo, nadie llega a ser sin conocer a otros que ya son y a muchos que podrían ser.

En determinado momento del tentempié se acercaron ambos a la mesa de las bebidas. Elqueyaera saludó con simpatía a Unoqueapuntabamaneras. Mientras les servían el champán, como quien no quiere la cosa, fue explicándole al otro lo larga que tenía la estirpe familiar. Para que se situara. Unoqueapuntabamaneras pilló enseguida la cosa, y, sin amilanarse, le expuso al otro algunas brillantes líneas de su currículum vítae.

Al final, cada uno memorizó los apellidos del otro y se disolvió la cumbre. Hasta la otra.

Fue muy divertido y muy civilizado.

Hemos mejorado mucho desde lo de oler los culos.