Martes, 14 de Julio de 2009
Es el último día que abren la biblioteca del Pontificio Instituto Bíblico. Hasta septiembre los estudiantes no podemos entrar para nada. Supongo que así es más fácil para algunos bibliotecarios navegar por Internet (aunque no es que se refrenen mucho de hacerlo en público: Algunos funcionarios son funcionarios, aunque lo sean del Sancta Sanctorum).
El caso es que hay una larga cola de gente esperando para hacer fotocopias. Algunos llevan más de diez libros. Es la última oportunidad para obtener los textos que te puedes leer en el veranito. La gente está muy nerviosa, porque todos tienen mucho que fotocopiar, y no hay demasiado tiempo.
Encima hace un calor tremendo y se ha estropeado una fotocopiadora.
Después de un buen rato de espera me ha tocado el turno. Me he dedicado sin escrúpulos a sablear las revistas. Todo sea por amor a la ciencia.
En un momento determinado una señora que fue guapa en su juventud (hay que ver lo que hace la fuerza de la gravedad con la cara de las Top Model), se ha saltado la cola y se ha asomado -haciéndose la tonta- al garito de las fotocopias.
-¿Tenéis para mucho?, ha dicho con una sonrisita que en otros tiempos quizá le abrió muchas puertas.
La gente se ha girado para mirarla con ojos de sorpresa. ¿De dónde salen estas princesas?.
Como nadie ha contestado, ella ha insistido
-"Es por si alguno me deja pasar…"
Ha sido el colmo. Uno se ha puesto a silbar. Otro ha levantado los ojos al cielo.
Yo la he mirado lleno de misericordia, y me he compadecido de ella, y -con una estupenda sonrisa- me he dignado a sacarla de su enajenación mental:
"Oye, guapa. ¿No te has dado cuenta de que ¡¡¡esto es la guerra!!!?".
