En mi diócesis hay un obispo nuevo desde hace pocos meses.

Es, por tanto, un tiempo de muchos cambios. Los candidatos a los cargos y a los carguitos se mueven en los asientos. Quienes tienen que abandonar un despacho o una sacristía lo hacen unas  veces a gusto, y otras, refunfuñando. Las conversaciones se llenan de noticias y rumores. Los amigos quieren colocar a los amigos y defenestrar a los enemigos. Los ambiciosos se preparan para las fotos. Los humildes y los demasiado orgullosos se esconden. Los santos sugieren desde la caridad y obedecen. Es una época -como todo lo humano- marcada por la gracia y el pecado. Nada extraordinario.

Aunque estoy en Roma, a mí también me ha dado por pensar en mi porvenir. Si uno estudia es, en parte, para prepararse un buen puesto en el futuro, y, entre tantos cambios, da la impresión de que todos los mejores puestos ya estarán ocupados para cuando vuelva a la diócesis. Y, como en todas las cosas, a mí me gustaría decidir dónde y cómo voy a ir.

A uno a veces le resulta difícil que otros decidan en su lugar. Un buen puesto es un buen puesto, lo elija quien lo elija. Y, ¿quién mejor que el implicado para escoger? La verdad es que a mí me gustaría que me preguntaran las cosas, y que tuvieran en cuenta lo que opino. Es una pena que a veces las circunstancias limiten nuestra libertad de acción.

Por fortuna, he encontrado una página en Internet que puede ser de gran ayuda en esta situación. Es verdad que las distancias son un poco problemáticas, pero vale la pena dejarse aconsejar, ¿no?. A ver si en España alguno se anima a ofrecer un servicio similar.

Como véis, tienen consejos especiales para para curas y diáconos. Pero a mí me va más el minimalismo, la verdad.