Viernes, 31 de Julio de 2009
Entro en una famosa residencia eclesiástica de Roma a pedir el teléfono de un servicio de taxis.
Es mi día de hacer las maletas, así que mi aspecto es "sálvesequienpueda" (modelo verano: pelo au natural, clergycamisa clara por fuera del pantalón, sin la tirilla, vaqueros caídos y chanclas egipcias). En mi acusación tengo que decir que no necesito ninguna excusa para ponerme "sálvesequienpueda": son retazos de rebeldía inmadura adolescente que aún no he superado a pesar del laborioso trabajo de mi psicoterapeuta.
Cuando entro en la recepción, los dos conserjes y un cura (que estaban charlando) se quedan en silencio y me miran. La casa huele a romanità, y yo desentono. Me encanta ser trangresor a veces.
Pido el teléfono y me lo dan muy amablemente, mientras vuelven a la cháchara. Al salir me cruzo con uno de esos monsegnorinos romanos a los que han castrado la espontaneidad mediante formalidades varias de esas que permiten subir escaleras.
Me mira de arriba abajo y, con una mirada sonriente, me transmite telepáticamente un saludo condescendiente: "¡Pobre selvático!".
Yo le miro a los ojos y le devuelvo la sonrisa y un saludo mental lleno de comprensión: "¡Afrancesado!"

jajajaj que bueno lo de afrancesado
Se le ocurrió decirlo a Àngel — 1 August, 2009 @ 9:35 pm
:)
Se le ocurrió decirlo a Todo era bueno — 1 August, 2009 @ 10:51 pm