Tal día como hoy, 31 de Octubre, en el año 1517, a las dos de la tarde, Martín Lutero, un fraile agustino se dirigió, martillo en mano, a las puertas de la Schlosskirche, en Wittenberg, dispuesto a clavar un documento con las 95 tesis. Se trataba de una protesta pública y solemne por lo que consideraba que eran abusos de la Iglesia en la enseñanza y práctica de la disciplina de las indulgencias.

Desde esa época, y hasta el día de hoy, han nacido más cristianos en el ámbito de la Reforma protestante que en los primeros dieciséis siglos de historia del cristianismo. Un buen rebaño, sin duda.

Se dice que la gota que colmó el vaso fue el negocio de las Indulgencias con el que se estaba pagando la basílica de san Pedro. No es tan sencillo como eso, pero, sin duda la construcción de la fastuosa basílica era un elemento simbólico óptimo para iniciar un movimiento popular, como pudo ser el dos de mayo madrileño o el discurso del Palleter. Cuando los ánimos están caldeados, cualquier excusa es buena.

La Reforma protestante es injustificable, pero comprensible. Es injustificable, porque la Iglesia se reforma desde dentro, con el sudor y las oraciones de los santos. Siempre ha sido así. Lo sabían Pablo, y Francisco, y Teresa, y Catalina… Es comprensible porque durante demasiado tiempo se había desoído la necesidad clamorosa que tenía la Iglesia de una reforma en la cabeza y en los miembros.

El concilio de Trento fue un concilio gigantesco no sólo en cuanto que respuesta a Lutero, sino como andamio de restauración de la integridad eclesial. Baste como ejemplo la orden de generalizar los seminarios como lugar de formación de los presbíteros. Esta no era una medida antilutero, sino la respuesta necesaria a la lamentable formación de parte del clero católico.

La pega fue que la Iglesia, en su afán de contrarrestar la Reforma, acabó, de algún modo, protestantizada: durante siglos se han enfatizado en el mundo católico especialmente los elementos que negaban los protestantes, de modo que, al final, nos pasamos medio milenio hablando de las mismas cosas que ellos, aunque en sentido contrario.

En eso estábamos cuando llegó ese fantástico regalo para la Iglesia que fue el Concilio Vaticano II (benditas sean todas sus constituciones, declaraciones y decretos), un concilio que, precisamente, ha servido para purificar la protestantización eclesial repristinando el caudal maravilloso de la Tradición cristiana. No hay nada mejor para proponer la fe en su integridad que dejar de proponerla contra nadie, respetando así todos sus elementos y matices.

Pero se me ha acabado el tiempo, y de eso hablaremos -quizá- otro día :)

Recemos por los hermanos protestantes, y por nosotros, para que podamos un día reunirnos alrededor de la misma Mesa compartiendo el mismo Pan.