La cruz es el símbolo de una realidad que todos conocemos perfectamente: la experiencia del sufrimiento. Puede ser una enfermedad física o psíquica; puede ser una dificultad económica o un acontecimiento doloroso. Sabemos sin lugar a dudas que el sufrimiento, de forma inevitable, acompaña nuestra vida. A esta realidad que parece contradecir o vaciar de sentido nuestras ansias de felicidad, las distintas religiones y filosofías le han buscado diferentes explicaciones y salidas. Los cristianos atribuimos esa experiencia del dolor a los misteriosos designios de la voluntad de Dios, y, como Cristo, queremos cargar nuestro madero camino del Calvario.
Los evangelistas nos presentan una dimensión aún más profunda: la cruz es símbolo de las consecuencias del seguimiento de Cristo. Si él ha sido excluido de la sociedad por mantenerse fiel al proyecto del Padre, y, fuera de la ciudad ha sido crucificado, todo aquél que quiera ser cristiano se verá abocado a la exclusión, a la burla y a la crucifixión, sea ésta física o no. Hay, pues, una cruz evitable, porque ser cristiano es una gracia aceptada libremente. No podemos elegir una enfermedad, pero sí que podemos elegir el camino áspero de la persecución por causa de Cristo. Podemos elegir no ser cristianos, pero no podemos elegir un cristianismo sin cruz.
¿Quiere esto decir que el cristiano, por el hecho de serlo, está llamado a un mayor sufrimiento que el no cristiano? Ciertamente sí. A la cruz propia de cada hombre se une la realidad doliente que está asociada al seguimiento de Cristo. Por ejemplo: es difícil para un matrimonio ser estéril, pero aún lo es más si, por amor a la vida y fidelidad a la Iglesia, renuncia a las técnicas ilícitas de reproducción asistida que la sociedad no cristiana tan alegremente acepta.
A pesar de lo que pueda parecer a algunos, incluso dentro de la Iglesia, el cristianismo no es una religión "para evitar el sufrimiento", una especie de opio del pueblo que proyecta en el más allá la consecución de la felicidad que el más acá no nos puede proporcionar, o una multinacional de la analgesia espiritual.
Sin embargo, la cruz no es una realidad puramente negativa. Sin dejar de ser una tremenda piedra de escándalo, un motivo para que muchos nieguen la existencia de Dios o su bondad, es también, precisamente, el remedio de este escándalo, porque la cruz de Cristo y su resurrección son la respuesta de Dios al misterio del sufrimiento. Y esto es así porque en la cruz, y sólo en ella, el amor está desnudo. Es en el dolor, en la burla, en la persecución, en la exclusión, donde se manifiestan las intenciones del corazón. La cruz de Cristo, pues, no sólo es el lugar donde más claramente ha aparecido la realidad humana del pecado, capaz de crucificar al único inocente, sino que es el lugar donde de forma más explícita ha aparecido el amor de Dios, porque en ella se ha manifestado que el amor del Padre es totalmente gratuito. Ahí radica la belleza de la cruz y su capacidad evangelizadora.
María, por estar totalmente asociada a la misión de Cristo queda también asociada a su cruz. Desde su asentimiento al anuncio del ángel, María no sólo acepta los dolores propios de toda existencia humana, sino que carga con las consecuencias de su misión de madre-discípula del Crucificado. Cristo será, desde el principio, una causa de dolor para ella: pobreza, exilio, incomprensión, separación, acompañarán siempre su seguimiento de Jesús hasta la plenitud doliente del Calvario. Desde entonces, la cruz de María se extiende al cuerpo de Cristo, que sigue sufriendo en todos los que tienen hambre o sed, en todos los pobres. Su misión de ser Madre de Cristo se amplía a su ser Madre de los que creen en él.
María al pie de la cruz lleva a plenitud la figura del cristiano no sólo por aceptar los sufrimientos inevitables de la vida, sino por renunciar a toda comodidad y acoger totalmente las dificultades inherentes a la misión de ser Madre del Mesías crucificado.
A la luz de esta doble dimensión de la cruz, sufrimiento involuntario y consecuencia del seguimiento de Cristo, puestos los ojos en María, adquiere profundidad la primera frase de Jesús en el evangelio de Juan, dirigida a dos discípulos que se le acercan:
-"¿Qué buscáis?".